La mañana siguiente amaneció tranquila en la mansión. La luz suave se filtraba por las cortinas cuando Alfonso despertó primero. Se giró con cuidado y apoyó la mano sobre el vientre abultado de Lila, sintiendo el leve movimiento de sus hijos. Se inclinó y besó esa curva con devoción, tratando de transmitirle a sus pequeños cachorros todo su amor.
Lila abrió los ojos lentamente y sonrió, acariciando su cabello.
—¡Hey! Que besos tan deliciosos y cálidos.
—Buenos días dormilona, casi no despiertas