La tensión en la gruta era casi palpable. El aire parecía contaminado, se sentía espeso , casi irrespirable, Alejandro, frustrado por la resistencia de la roca, elevó su arma y disparó al cielo. El estruendo retumbó entre las paredes de piedra y Lila se estremeció de inmediato, mirando a Alfonso.
—¡Alejandro, basta! —advirtió ella. —vas a lograr que estas tierras se enfurezcan, que la diosa Luna se enfurezca.
Él se giró hacia ella con los ojos inyectados en furia. Con un gesto, ordenó a uno de