Al fondo del horizonte, las luces de los faros cortaban la noche como cuchillos afilados. Alejandro lideraba la caravana de camionetas blindadas, acelerando sin piedad hacia la frontera de la manada. El rugido de los motores se mezclaba con risas groseras, el clic metálico de armas cargadas y órdenes gritadas en la oscuridad. Sara, sentada en el asiento del copiloto, apretaba los puños contra sus piernas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Cada kilómetro era una traición más profunda