Mundo ficciónIniciar sesiónTraicionada, rota y al borde de la muerte, una joven omega cree que su destino final es desaparecer en la oscuridad del bosque tras escapar del infierno. Lo que prometía ser un matrimonio de conveniencia respetuoso con el hijo del alfa más poderoso de la ciudad, se convirtió en un cruel cautiverio que culminó con la violenta ruptura de su lazo. Sin embargo, el destino cambia de rumbo cuando es rescatada por una civilización oculta en las montañas. Allí, dos alfas de élite despiertan su instinto más feroz al ver el estado de la loba herida y juran protegerla a toda costa. El verdadero desafío comienza ahora: con el alma destrozada y un terror absoluto a cualquier alfa, ella se rehúsa a dejarse tocar. ¿Podrán estos dos imponentes guerreros derribar sus muros, sanar sus cicatrices y reconstruir la confianza de una loba que lo perdió todo?
Leer másEl dolor en la nuca era lo único que le recordaba que seguía viva, aunque a veces deseaba no hacerlo. Cada bache del viejo camino rural se traducía en una punzada eléctrica justo donde solía estar su marca, ahora reducida a una cicatriz rugosa, violácea y mal cicatrizada. Con la mirada perdida tras el cristal empañado del autobús, contemplaba cómo la densa niebla devoraba los pinos del valle. Su propio aroma, que alguna vez había sido dulce y vibrante, apenas si existía; era un rastro fantasmal, marchito por el miedo, los dias de huida y la agonía silenciosa de un lazo roto a la fuerza.
A ella no la habían enlazado por amor, ni siquiera por instinto; la habían encadenado en un matrimonio forzado por puro poder político y estatus. Su alfa jamás la quiso, y el día que decidió que ella ya no le era útil, rompió el vínculo sin piedad, empujándola al borde de la locura. El desgarro psíquico había sido brutal. No solo le quitaron su estatus, sino que le arrebataron la voz de su loba, dejándola en un vacío existencial donde su propia naturaleza se sentía como una intrusa. Ella no había huido para salvarse; había escapado con la esperanza de que el invierno de la montaña acelerara lo inevitable. Buscaba un lugar donde dejar ir a su loba, silenciar los últimos vestigios de aquel instinto que aún le pedía luchar, y finalmente entregar su patética vida a la tierra fría. Cuando el transporte se detuvo en la entrada de aquel recóndito sendero, un escalofrío la recorrió. Nadie en la ruidosa ciudad sabía que estaba allí, tampoco nadie la buscaba. El mapa apenas si registraba este lugar. Solo habia oido rumores sobre este lugar, algunos decian que existe una comunidad aislada, otros hablan de un santuario en medio de la nada protegido con fiereza por dos alfas que le habían dado la espalda a las leyes de la sociedad, poco le importaba si aquellos rumores eran ciertos o no. Al bajar los escalones del autobús, el aire frío de la montaña le llenó los pulmones, pero lo que realmente la hizo detenerse fue la atmósfera del lugar. No había feromonas agresivas, ni el caos ensordecedor del que venía. Solo el olor a tierra mojada, madera de pino y una extraña, casi dolorosa, sensación de paz. Caminó con paso vacilante por el sendero. Sus botas gastadas, se hundían en la hojarasca húmeda. Cada paso era un esfuerzo titánico; sentía su cuerpo como un cristal a punto de estallar. Quería llegar al corazón del bosque, lejos de cualquier rastro de civilización, para acostarse bajo el dosel de los pinos y esperar a que su loba, débil y moribunda, se apagara definitivamente. Sin embargo, el bosque no parecía querer dejarla avanzar hacia el olvido. A medida que se internaba, el aire comenzó a cambiar. Ya no era solo naturaleza; era una presencia imponente. El silencio del lugar no era ausencia de vida, sino una vigilancia absoluta. De pronto, se oyo ruido y voces, la maleza se apartó frente a ella, revelando a dos hombres, imponentes, cuya presencia no recordaba en absoluto a la crueldad de su antiguo alfa. Se encontraban trozando leña, No irradiaban la soberbia del poder político, sino una fuerza telúrica, antigua y profundamente arraigada. De pronto sus miradas cayeron en ella aunque alertas, no buscaban dominarla. —No es el lugar para andar de paseo —dijo uno de ellos, con una voz que vibró en el pecho de ella como una nota grave y cálida. Era un alfa de primer nivel, pero su aura no buscaba aplastarla, sino, extrañamente, sostenerla. Al verla —tan frágil, casi transparente, con la marca de su nuca palpitando como una herida abierta— los dos se detuvieron en seco. No hubo gruñidos, ni una orden de sumisión. Hubo algo mucho más desconcertante: reconocimiento. Ella intentó hablar, pero un espasmo de dolor le bloqueó la garganta. Sus piernas cedieron. Había caminado cientos de kilómetros para morir sola, para dejar que la nieve cubriera su cuerpo y borrara su existencia, pero ante la mirada de esos dos extraños, su loba —aquella entidad que ella creía casi muerta— dio un latido sordo, casi agónico, contra las paredes de su alma. No era un latido de miedo, sino un suspiro de rendición ante algo que se sentía, por primera vez en años, como un refugio. —Tranquila, dejate caer —murmuró el segundo alfa, acercándose con una lentitud respetuosa que ella jamás había experimentado. Cuando se desplomó, no encontró la tierra fría del bosque. Encontró el calor de unos brazos que no pedían, ni exigían, ni poseían. Mientras su conciencia se desvanecía en la penumbra del cansancio absoluto, una parte de ella, muy en el fondo, comprendió con terror y alivio que su plan de morir había fallado estrepitosamente. Aquellos alfas no estaban allí para dejarla ir; estaban allí para recoger los pedazos de lo que ella se había convencido de que ya no tenía arreglo.El amanecer en el refugio no llegó con un sol radiante, sino con una claridad difusa que se filtró tímidamente por las rendijas de los pesados tablones de madera. Para Maia, sin embargo, esa luz grisácea fue el primer despertar en meses que no estuvo acompañado por el sobresalto del miedo o el impulso visceral de salir huyendo. La calidez de la habitación que le habían asignado, sumada al peso de las mantas de piel, la retuvieron en un estado reconfortante hasta que un suave y rítmico golpeteo en la puerta la trajo de vuelta a la realidad. —¿Se puede? —la voz musical de Mara precedió a su entrada. La joven loba se asomó con una bandeja de madera donde humeaban dos tazones de té y un par de bollos recién horneados, cuyo aroma a vainilla y manteca compitió de inmediato con la fragancia a lavanda que emanaba de su propio cuerpo. Al ver a la protagonista sentada en la cama, tallándose los ojos, Mara le dedicó una sonrisa radiante. —Buenos días. Pensé que te vendría bien desayun
El murmullo del patio de armas se extinguió por completo en cuanto la pesada puerta de roble de la residencia principal se cerró a sus espaldas, sepultando el aire gélido de la montaña y las palabras envenenadas de Elara y Mía. El contraste fue un golpe directo a sus sentidos, pero esta vez, uno extrañamente reconfortante. El aroma a resina de pino dulce, té de hierbas silvestres y el sutil pero constante olor a hogar envolvieron a la omega, obligando a sus pulmones a expandirse después de haber retenido el aire por puro terror. Aiden la guió con firmeza, manteniendo una mano rozando sutilmente su espalda, no para empujarla, sino como un escudo invisible entre ella y el mundo exterior. Sus pasos resonaron en los tablones de madera pulida hasta que se detuvieron cerca de la monumental chimenea del salón principal, donde el fuego crepitaba con fuerza, tiñendo las paredes de piedra de un tono dorado y acogedor. Al sentir el calor directo en su piel, los hombros de la chica finalmen
El instinto es una fuerza antigua y ciega, pero con ella se volvió extrañamente dócil. Verla allí, tan frágil y quebrantada sobre el divan, desató algo primitivo en el pecho de Aiden y Silas. No fue una decisión consciente; fue el rugido unánime de sus alphas, una orden salvaje tallada en su ADN que les exigía ponerse en guardia ante el mundo. Ella era una omega rota, y la sola visión de su vulnerabilidad encendió un fuego feroz: la necesidad absoluta e implacable de protegerla. Sin embargo, la furia de sus instintos se transformó en una dolorosa impotencia cuando supieron la verdad. El eco del maltrato, el terror psicológico y las marcas del dolor físico no se borrarían de la noche a la mañana. Requerirían un tiempo que ella apenas parecía tener. Ni Aiden ni Silas se habían caracterizado jamás por ser hombres pacientes, amables o cuidadosos. Su mundo se regía por la fuerza, el control y una rudeza natural. No sabían de sutilezas ni de consuelos. Pero frente a ella, todas sus aris
El crujido de la leña al consumirse en la chimenea era el único sonido que rellenaba el vasto espacio de la residencia principal. Para cualquiera, aquel salón de techos altos, vigas de madera oscura y pesados tapices de pieles habría sido el epítome del confort y la seguridad en medio del crudo invierno de la montaña. Para ella, sin embargo, cada rincón de esa habitación se sentía como una jaula de oro, un territorio de caza del que no tenía escapatoria. Aiden y Silas la observaban. No la miraban con la lascivia o el desprecio a los que estaba acostumbrada en su antiguo hogar, sino con una fijeza analítica y protectora que resultaba casi más abrumadora. Sus aromas combinados —el de Aiden, denso como la tierra mojada y los pinos tras la tormenta; el de Silas, agudo como el ozono y la resina— llenaban el aire, saturando los sentidos de la omega y activando cada una de sus alertas biológicas de peligro. —Solo... necesito unos días —susurró ella finalmente, rompiendo el silencio con
Último capítulo