Lila se aseguró de que aquel hombre estuviera bien y se enderezó, completamente confundida, pues en su mundo la palabra maldición era casi inexistente. —No tiene sentido lo que dice, ¿ha presentado más síntomas? —interrogó a la mujer, quien estaba a punto de seguir hablando cuando, de repente, la puerta de la tienda se abrió, dejando a todos en silencio.—¡Alfa! —exclamó la tendera. Alfonso avanzó sin detenerse, dirigiéndose primero hacia el hombre que acababa de recuperarse, y luego alzó la mirada hacia Lila, observándola con atención.—Vi todo lo que pasó, es increíble que se haya recuperado.Lila se encogió de hombros, restándole importancia. —Solo fue cuestión de atención, pero es necesario que sea revisado con más detenimiento.Alfonso guardó silencio un instante antes de hablar. —Eso es lo que hemos hecho en los últimos años. Hace tiempo que todos los miembros de la manada que llegan a los cuarenta mueren de repente, y no hemos encontrado la causa exacta de sus fallecimiento
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