Llegaron a la entrada de la gruta principal bajo la luz rojiza del cielo que parecía sangrar. El lugar era un pasaje oscuro y antiguo, custodiado por rocas cubiertas de musgo y runas que brillaban débilmente. Alejandro empujó a Alfonso con el cañón de su arma, obligándolo a avanzar.
—Abre la gruta —ordenó con voz fría—. Sé que solo tú puedes hacerlo. No me hagas repetirlo.
Alfonso miró la entrada sellada. Su cuerpo aún dolía por las heridas de la batalla, pero el peso en su pecho era mucho mayo