La mansión Volkov amaneció envuelta en una calma engañosa.
La nieve cubría los ventanales y el aire olía a flores frescas, pero detrás de esa apariencia, todo era tensión.
Los empleados se movían nerviosos, decorando salones, preparando listas.
El anuncio había sido claro: en tres días habría boda.
Arianna observaba el movimiento desde su ventana.
Sobre la cama, se extendían los catálogos de vestidos, encajes, cintas y joyas. Las costureras iban y venían entre telas rojas y blancas.
Arianna, de