La mansión Volkov amaneció envuelta en una calma engañosa.
La nieve cubría los ventanales y el aire olía a flores frescas, pero detrás de esa apariencia, todo era tensión.
Los empleados se movían nerviosos, decorando salones, preparando listas.
El anuncio había sido claro: en tres días habría boda.
Arianna observaba el movimiento desde su ventana.
Sobre la cama, se extendían los catálogos de vestidos, encajes, cintas y joyas. Las costureras iban y venían entre telas rojas y blancas.
Arianna, de pie frente al espejo, sostenía entre las manos un vestido color rojo carmesí, el tono que Volkov había elegido.
— Este color te pertenece — había dicho él esa mañana—. Es fuego, es poder… eres mi reina.
Ahora, frente al espejo, el rojo parecía más bien un recordatorio de todo lo que había perdido.
Ekaterina la observaba en silencio, con los brazos cruzados.
Momentos más tarde entro Ekaterina, tranquila y serena, espero a que su hermano Mikhail saliera de la habitación de Arianna..
— Estás preci