Luciana estaba sola en la habitación, con la cortina a medio cerrar y el silencio cubriendo el hospital como una sábana pesada. Su cuerpo aún dolía, pero su alma estaba más inquieta. Esperaba a Dante. Él le prometió regresar después de acompañar a Greco con Arianna, y por primera vez en mucho tiempo, ella se sentía segura.
Pero entonces, el teléfono vibró.
El número no tenía nombre, pero lo reconocía. Era su madre.
—¿Mamá? —contestó con voz temblorosa.
—Luciana… soy yo. —La voz sonaba más débil