La madrugada en el hospital tenía un aire fúnebre. Greco estaba sentado en una camilla, con el brazo izquierdo entablillado y el rostro todavía manchado de sangre y humo. Apenas dejaba que los médicos se acercaran.
—Debe reposar, Signore Leone —dijo un doctor con cautela—. La fractura sanará si se cuida.
Greco lo miró con frialdad, sin interés en nada.
—¿Sanar? —susurró con la voz ronca—. ¿Cómo se cura un hombre al que le arrancaron a su mujer?
El silencio fue tan pesado que ni el doctor respon