La llave giró en la cerradura con un susurro metálico. Arianna entró a la casa arrastrando los pies, el corazón latiéndole aún por lo que acababa de vivir con Greco. Cerró la puerta con suavidad y se quedó quieta unos segundos, esperando el habitual rugido de Paolo desde la sala o su mirada acusadora desde el umbral de la cocina.
Pero esta vez no hubo gritos.
El olor a rosas frescas la envolvió al instante. Parpadeó, extrañada. En el centro de la sala había un enorme ramo sobre la mesa, una caj