CONFESIÓN EN LAS PENUMBRAS
La villa estaba en calma, pero no era una calma tranquila… era la calma tensa de un lugar que sabe que afuera, en algún punto, hay un enemigo que aún respira. En la habitación de Luciana, el único sonido era el vaivén suave de la mecedora y la respiración acompasada de su bebé, que dormía en sus brazos.
Un golpe suave sonó en la puerta.
—¿Puedo pasar? —la voz grave de Dante rompió el silencio.
—Claro… —contestó ella sin dejar de mecer al niño.
Dante entró, cerrando la