Un sótano frío.
El olor a humedad y metal oxidado impregnaba el aire. El eco de una gota cayendo sobre el concreto marcaba un compás inquietante. Marco estaba sentado en una silla de hierro, las manos esposadas a la espalda, la camisa manchada de hollín, sudor y sangre seca. Sus ojos estaban rojos, no solo por el humo, sino por la furia contenida.
La puerta chirrió y se abrió lentamente. Dante entró primero, con pasos tranquilos, como si disfrutara cada segundo de ese momento. Tras él, apareció