La ciudad, a medianoche, parecía guardar secretos en cada esquina. El asfalto brillaba mojado por una lluvia reciente y los faros del coche de Marco cortaban la bruma como dos navajas. Conducía a velocidad constante, sin música, sin ruido que no fuera el del motor y su respiración, áspera.
Se estacionó a dos cuadras de un bar portuario que conocía desde antes de Rubí. Sótano bajo una fachada que fingía ser bodega de redes; adentro, tragos baratos y hombres que vendían información a mejor postor