La villa despertó con el olor del café recién hecho y la luz pálida que se filtraba entre las palmeras. En el comedor, la mesa larga estaba puesta con sencillez: pan, frutas, tazas humeantes. Greco se dejó caer en una de las sillas, todavía con la corbata floja y el gesto marcado por la resaca, pero atento a cada movimiento en la casa como si un pequeño ejército de guardias estuviera oculto en sus costumbres.
Fue entonces cuando la vio.
Arianna cruzó el vestíbulo con paso contenido. Iba ergui