La villa despertó con el olor del café recién hecho y la luz pálida que se filtraba entre las palmeras. En el comedor, la mesa larga estaba puesta con sencillez: pan, frutas, tazas humeantes. Greco se dejó caer en una de las sillas, todavía con la corbata floja y el gesto marcado por la resaca, pero atento a cada movimiento en la casa como si un pequeño ejército de guardias estuviera oculto en sus costumbres.
Fue entonces cuando la vio.
Arianna cruzó el vestíbulo con paso contenido. Iba erguida, elegante como siempre, pero había un gesto en su andar —una pequeña cautela al apoyar el pie— que lo paralizó por un segundo. No era una cojera dramática; era sólo un rastro, la huella de la noche anterior. Greco dejó la taza sobre la mesa sin romper el silencio y la miró con esa mezcla de alarma y culpa que le acostumbraba a la familia.
Ella le lanzó una sonrisa tranquila, como quien no quiere convertir un gesto en tormenta. Llevaba un vestido ligero y el cabello recogido en un moño despre