El cielo sobre las Maldivas se había teñido de un azul oscuro y salpicado de estrellas.
El sonido del mar era un arrullo constante que se mezclaba con el crujir de las velas sobre la mesa.
Luciana y Dante cenaban frente a la playa, descalzos, con los pies hundidos en la arena tibia.
El ambiente era perfecto: vino, música suave y el perfume salado del océano.
Pero algo en los ojos de Dante delataba que su mente estaba lejos de allí.
Luciana lo notó enseguida.
Había aprendido a leerlo: la forma e