La mañana era clara, con ese aroma a esperanza que solo traen los días nuevos.
Ekaterina caminaba tomada del brazo de Morozov, su vientre ya redondeado mostraba con orgullo los meses de amor que habían pasado desde aquella noche en que todo cambió.
Ariana las esperaba en la clínica, sonriendo con esa dulzura serena que solo una madre entiende.
—¿Lista para conocer a tu bebé? —le preguntó mientras la abrazaba suavemente.
Ekaterina asintió, con los ojos brillantes.
—No dormí en toda la noche —confesó entre risas nerviosas—. Morozov dice que será niño, pero yo siento… que no.
El ruso sonrió con ese gesto altivo que no lograba disimular el nerviosismo.
—Será un varón, fuerte y testarudo… como su madre —bromeó, buscando distraerla.
La doctora los llamó a pasar. La habitación olía a desinfectante y a emoción contenida.
Ekaterina se recostó en la camilla, mientras Ariana le sostenía la mano con ternura. El sonido del monitor llenó el aire… ese latido rápido, firme, el corazón de su