La mañana era clara, con ese aroma a esperanza que solo traen los días nuevos.
Ekaterina caminaba tomada del brazo de Morozov, su vientre ya redondeado mostraba con orgullo los meses de amor que habían pasado desde aquella noche en que todo cambió.
Ariana las esperaba en la clínica, sonriendo con esa dulzura serena que solo una madre entiende.
—¿Lista para conocer a tu bebé? —le preguntó mientras la abrazaba suavemente.
Ekaterina asintió, con los ojos brillantes.
—No dormí en toda la noche