El aire estaba denso. Olor a pólvora, metal y sangre fresca cubría cada rincón de la villa Leone. El suelo del patio era un cementerio improvisado, cuerpos enemigos yacían desperdigados, las armas aún humeantes. La luna apenas se filtraba entre las nubes, iluminando la devastación.
Greco respiraba agitado, con el pecho manchado de sudor y polvo. Caminó entre los cadáveres hasta donde Arianna estaba, aún con las manos temblorosas, el fusil pesado colgando de su brazo derecho. Sus ojos azules brillaban entre lágrimas, adrenalina y miedo.
Greco se detuvo frente a ella, y con una voz baja, ronca, cargada de emoción, le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos:
—Arianna… amore mio… estoy orgulloso de ti. Orgulloso de cada disparo, de tu coraje, de cómo defendiste lo que es nuestro.
Ella tragó saliva, y aunque el pulso le temblaba, sostuvo su mirada con firmeza.
—Yo no volveré a ser la misma, Greco… —dijo, con voz temblorosa pero fuerte—. Ya no soy solo la bailarina que esperaba ve