El aire en Roma se había vuelto más denso, más cargado de tensión. Las semanas pasaban y la incertidumbre se volvía un cuchillo en el cuello de Greco. La imagen de aquella mujer en la estación, con los lentes lila y la panza redonda, lo perseguía como un fantasma. No podía afirmar que era Arianna, pero algo en su alma gritaba que sí. Desde entonces, no había descanso. Greco y Dante habían incrementado la vigilancia, cruzando registros, cámaras y escuchas en los mercados, estaciones y floristerías.
Mientras tanto, Marco y Miraldi, desesperados por complacer al traidor que los respaldaba en las sombras, se enfocaban en encontrarla. Habían atrapado a una joven embarazada con rasgos similares a Arianna, cerca del mercado de Trastevere. La subieron a una furgoneta sin placas y la llevaron a una casa vieja en las afueras. Cuando vieron que no era ella, su furia fue despiadada. Le golpearon el rostro con saña y la abandonaron en la entrada trasera de un hospital.
Uno de los hombres que Greco