Las luces del hospital privado recortaban la madrugada con su blancura artificial. Las puertas se abrieron de golpe cuando Greco irrumpió cargando a Arianna en brazos. Su rostro estaba pálido, sudoroso, con los labios entreabiertos de tanto gemir. La bata estaba manchada de sangre, sus piernas temblaban inertes y sus ojos a medio cerrar solo se fijaban en él. En su pecho, aún húmedos y cubiertos con una manta de emergencia, descansaban los dos bebés.
—¡Necesito ayuda! ¡Ahora! —rugió Greco, dese