La plaza del pueblo olía a lavanda y pan recién horneado. El sol caía como un suspiro dorado sobre los adoquines, mientras Silvana —Arianna para su alma— caminaba despacio, una mano en la espalda, otra acariciando el vientre que comenzaba a pesarle más con cada día. El vestido azul suelto ondeaba con la brisa, y sus lentes lila apenas ocultaban la sombra de dudas que la rondaban desde hacía días.
—¿Estás bien, signora? —preguntó la florista al verla detenerse a mitad de la acera.
—Sí… solo fue