Los días posteriores al entierro se volvieron una cinta gris que nadie sabía dónde cortar. El dolor había aprendido a vivir en la villa, a sentarse en los escalones, a recorrer los pasillos con pasos de sombra. Y sin embargo, bajo esa misma losa, comenzó a crecer algo feroz: una certeza testaruda, una promesa en voz baja. Greco no se dejó romper. Se agrietó, sí; pero siguió de pie. Y cuando el patriarca no cae, el imperio no se desordena: lo imita. Los hombres en los clubes hablaron más bajo, c