La mansión de Volkov amanecía en silencio, envuelta por la nieve que golpeaba los ventanales como un ejército incesante. Dentro, el ambiente parecía detenido, pero en la habitación de Arianna, el tiempo corría con violencia.
Estaba sentada al borde de la cama, con las manos temblorosas, sosteniendo aquellas fotos que habían cambiado su mundo. Los ojos azules de Greco brillaban en cada imagen; en otra, los gemelos, Victoria y Ramsés, sonreían con esa inocencia que dolía como un puñal.
—Mis hijos