La mansión de Volkov amanecía en silencio, envuelta por la nieve que golpeaba los ventanales como un ejército incesante. Dentro, el ambiente parecía detenido, pero en la habitación de Arianna, el tiempo corría con violencia.
Estaba sentada al borde de la cama, con las manos temblorosas, sosteniendo aquellas fotos que habían cambiado su mundo. Los ojos azules de Greco brillaban en cada imagen; en otra, los gemelos, Victoria y Ramsés, sonreían con esa inocencia que dolía como un puñal.
—Mis hijos… —susurró Arianna, acariciando el borde de una de las fotos—. Mi vida…
Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas cuando un sonido la sobresaltó: golpes suaves en la puerta.
—Arianna, ¿puedo pasar? —era la voz calmada de Ekaterina.
Arianna, nerviosa, quiso guardar las fotos bajo la almohada, pero en su torpeza una de ellas resbaló al suelo. Antes de reaccionar, la puerta se abrió.
Ekaterina entró con un abrigo azul claro, el rostro sereno pero curioso.
—Pensé invitarte al salón de belleza. Un