La mansión de Volkov estaba en silencio, solo se escuchaba el crujir de la chimenea en la sala principal. Afuera, la nieve caía pesada sobre los ventanales, sepultando a Moscú en un frío perpetuo. En la habitación de Arianna, una vela solitaria proyectaba sombras que parecían moverse con vida propia sobre las paredes.
Ella estaba recostada en la cama, con los ojos abiertos, incapaz de dormir. Su cuerpo dolía todavía de los masajes forzados, de los chupetones enrojecidos que cubrían su piel como