Horas después, Arianna abrió la puerta de su casa con pasos cansados. Paolo ya estaba allí, sentado en el sofá, con una copa en la mano.
—Llegaste —dijo sin mirarla directamente.
—Sí —respondió ella, cerrando la puerta con suavidad.
El silencio se instaló entre ellos como una presencia incómoda. Ella dejó su bolso en una silla, y al volverse, notó que Paolo la observaba fijamente.
—¿Quieres decirme qué pasa? —preguntó ella, sintiendo que algo se gestaba.
—¿Y tú quieres decirme qué hiciste