Azucena parpadeó varias veces, desconcertada, como si las palabras del Rey Alfa no acabaran de asentarse en su mente. La sorpresa se reflejaba en su rostro y en la forma en que sus labios temblaron antes de abrirse, incapaces de articular una respuesta instantánea.
Nunca imaginó que escucharía algo semejante de él, no después de tantos días en los que su vida dentro de la alcoba había parecido un encierro perpetuo, una rutina de silencio y espera. Las indicaciones que acababa de recibir la deja