Nada de lo que haya intentado Azucena detuvo a Milord, quien con una determinación fría, arrancó al cachorro de sus brazos. La loba, sorprendida y aterrada, gritó con todas sus fuerzas.
—¡No, Alfa! ¡Devuélvame a mi cachorro, por favor! ¡¿Qué va a hacer con él?! ¡No lo mate, se lo imploro!
El pequeño lobo temblaba en las manos de Milord, indefenso, mientras Azucena, sin pensarlo dos veces, se lanzó a abrazar la pierna del Alfa. Sus brazos y piernas se enredaron alrededor de él con una fuerza fer