C66: Él sabe que estás aquí.

No obstante, Askeladd no era un hombre que se sumergiera en emociones ni que dedicara tiempo a descifrarlas. Su naturaleza era distinta: siempre había sido frío, calculador, incapaz de otorgar valor alguno a aquello que naciera del corazón.

Los sentimientos, en su vida, jamás habían tenido peso real. Aun así, ese repentino alivio lo sorprendió, lo desconcertó y, casi sin proponérselo, lo empujó hacia un impulso inusual en él. Era como si aquella respuesta le hubiera abierto una puerta hacia un terreno desconocido que, en circunstancias normales, nunca habría querido explorar.

Si Azucena sentía asco hacia Milord, ¿qué era, entonces, lo que sentía hacia él? La curiosidad se apoderó de su mente con una intensidad inesperada. Y, contrario a su costumbre de no indagar ni cuestionar, esta vez no vaciló en plantear la pregunta.

Por tanto, sus labios se movieron antes de que él mismo lo razonara.

—¿Y por mí? —inquirió, mirándola fijamente, con un brillo extraño en los ojos—. ¿Qué es lo que si
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