Azucena quedó completamente desconcertada ante aquella pregunta. No se lo esperaba bajo ninguna circunstancia, tanto que su rostro se contrajo y sus labios permanecieron entreabiertos, incapaces de formular una respuesta. Sus ojos, muy abiertos, se incrustaron en el semblante de Askeladd, buscando en él alguna pista que le explicara por qué motivo había pronunciado ese cuestionamiento.
El Alfa, que no apartaba la mirada de ella, aguardaba con una seriedad incuestionable. Para él, esa cuestión n