Askeladd dejó escapar un rugido poderoso que retumbó en toda la lavandería, haciendo que las paredes parecieran vibrar.
—¡Yo soy el único que decide a quién se castiga! —bramó—. ¡¿Qué demonios les pasa a todos últimamente? ¿Acaso creen que tienen derecho a decirme lo que debo o no debo hacer?! ¡Se atreven a desobedecer mis órdenes como si mis palabras carecieran de valor! ¿Es que mi voz ya no tiene peso en este reino? ¿Tengo que cambiar mi manera de gobernar para que lo comprendan? ¿Debo conver