Askeladd giró sobre sus talones con lentitud, como si cada movimiento suyo cargara la amenaza de una tormenta a punto de desatarse. Sus ojos, encendidos de un rojo ardiente, se clavaron en Beatriz con una intensidad asesina; aquellos orbes parecían estar hechos de pura furia, de un apetito sangriento imposible de contener o disimular.
—¿Acaso no fui claro cuando ordené que la Loba Roja debía permanecer en su alcoba y no salir bajo ninguna circunstancia? —rugió el Alfa.
Beatriz dio un paso atrá