C45: ¡Castígueme a mí!

Askeladd giró sobre sus talones con lentitud, como si cada movimiento suyo cargara la amenaza de una tormenta a punto de desatarse. Sus ojos, encendidos de un rojo ardiente, se clavaron en Beatriz con una intensidad asesina; aquellos orbes parecían estar hechos de pura furia, de un apetito sangriento imposible de contener o disimular.

—¿Acaso no fui claro cuando ordené que la Loba Roja debía permanecer en su alcoba y no salir bajo ninguna circunstancia? —rugió el Alfa.

Beatriz dio un paso atrá
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