El salto hacia el océano de cristal líquido no fue una caída, sino una inmersión en la memoria misma de la materia.
Valeria Miller sintió cómo su conciencia se fragmentaba en billones de chispas de luz, cada una convirtiéndose en una estrella, en un átomo, en el suspiro de un viento que aún no tenía nombre.
A su lado, el hombre que compartía el rostro de Sebastián se transformó en una corriente de energía dorada que empezó a entrelazarse con la esencia blanca de Valeria.
No eran personas ahora;