El resplandor de la Katedral de Biotecnología aún teñía de un naranja infernal las nubes bajas de las Tierras Altas cuando Valeria Miller se adentró en la espesura del bosque de pinos.
En su mano derecha, el núcleo orgánico latía con una luz rítmica y dorada, una pulsación que parecía sincronizarse con su propio ritmo cardíaco a través de la piel.
No era solo una máquina; era una síntesis de vida pura, un archivo biológico que contenía el mapa genético perfecto que Alejandro de la Cruz preten