El frío de las Tierras Altas ya no era una molestia para Valeria Miller; de hecho, el hielo que cubría las rocas parecía derretirse a su paso, como si su propia presencia física fuera un reactor nuclear en proceso de ignición.
Tras el funeral de su madre, el cuerpo de Valeria había comenzado a experimentar una serie de micro-mutaciones que la ciencia convencional no podría explicar.
Sus sentidos se habían agudizado hasta el punto de poder escuchar el zumbido de los satélites en la órbita baja