El túnel ferroviario desembocó en un valle oculto por la niebla perpetua de las máquinas climáticas del Vaticano. Al salir de la oscuridad, el convoy de Valeria se encontró frente a la majestuosidad aterradora del Monte Blanco.
La montaña ya no era solo roca y nieve; había sido tallada y revestida con una red de nervios sintéticos y placas de blindaje que pulsaban con un ritmo biológico lento. Era el cerebro del mundo, la catedral desde donde Elena gobernaba la realidad.
Mateo, el mapa térmico