El aire dentro de la cámara del núcleo se siente denso, cargado de una electricidad estática que eriza el vello de los brazos de Valeria.
Frente a ella, Elena no parece una mujer de más de sesenta años; la biotecnología del Vaticano de la Sangre la ha mantenido en un estado de perfección artificial. Su piel brilla con un matiz plateado y sus ojos son dos orbes de luz blanca que parecen procesar millones de datos por segundo.
Has cometido un error de cálculo, Valeria, dice Elena mientras camina