El descenso de las Montañas Rocosas hacia las grandes llanuras centrales fue una transición de la agonía del fuego a la tortura del vacío.
Tras la destrucción del Complejo Ícaro, el paisaje se transformó en una extensión infinita de tierra cuarteada y cielos de color mercurio.
Ya no había pinos de fibra óptica ni cuevas volcánicas; solo el viento, un lamento constante que arrastraba polvo magnetizado y el eco de una civilización que Némesis había decidido no reconstruir.
Llevamos tres días ca