El sonido del Complejo Icarus ya no era un zumbido, sino un lamento de metal retorcido. La inversión de polaridad que Ricardo y Mateo habían provocado estaba devorando los cimientos magnéticos del reactor.
Por los pasillos, las luces de emergencia parpadeaban en un rojo violento, y el aire se sentía cargado de ozono y electricidad estática que hacía que el cabello se erizara.
¡Faltan cuarenta minutos para la masa crítica! gritó Ricardo, consultando su cronómetro mientras corría tras Valeria. ¡