La atmósfera en la cima del Zigurat de Silicio era tan densa que el aire parecía tener peso metálico.
Valeria Miller permanecía inmóvil, con los pies plantados sobre el suelo de cristal transparente que revelaba el abismo de antimateria rugiendo bajo sus botas.
Frente a ella, su hijo Mateo, el Rey de las Máquinas, la observaba con ojos que procesaban billones de escenarios por segundo.
Detrás de Mateo, emergiendo de las sombras proyectadas por los servidores masivos, el Sebastián anciano sosten