El silencio que siguió a la explosión del cristal del Beta-01 era aterrador. No era el silencio de la paz, sino el de una maquinaria muerta.
Los generadores de la Torre del Génesis, que antes emitían un ronroneo reconfortante, ahora callaban.
Las luces de emergencia, de un naranja mortecino, eran lo único que impedía que la oscuridad total devorara los pasillos de mármol y circuitos.
Sebastián se encontraba en la sala de mando, envuelto en una pesada capa de piel. Sus manos, antes capaces de