La lluvia de octubre de 1986 caía con una insistencia melancólica sobre la carretera secundaria de Connecticut, golpeando el parabrisas del viejo sedán de Sebastián con un ritmo hipnótico.
Dentro del coche, la joven Valeria reía ante un chiste de Sebastián, ajena por completo a la red de ojos rojos que la observaba desde el tejido mismo de la realidad.
Sin embargo, en esta ocasión, el aire sobre el asfalto empezó a distorsionarse, no por el calor, sino por una intrusión de energía pura que no