El chirrido de la silla de madera sobre el suelo de hormigón fue el único sonido que rompió el silencio sepulcral de la habitación 000.
Valeria Miller, o la conciencia que aún llevaba ese nombre, se quedó paralizada en el umbral de la puerta, observando la espalda de un hombre que vestía una bata blanca de laboratorio, manchada de café y sudor.
Era Sebastián, pero no el dios dorado ni el anciano decrépito, sino el hombre que ella recordaba de sus días de universidad, el joven brillante que so