La ciudad estaba cubierta por una lluvia fina, persistente, de esas que no hacen ruido pero lo empapan todo.
Después de una jornada interminable de reuniones, cifras y decisiones tomadas al borde del error, el equipo se dispersó. No hubo celebración. No hubo sonrisas. Solo cansancio.
Valeria regresó a su habitación con la cabeza llena y el cuerpo agotado. Se quitó los zapatos, dejó el saco sobre la silla y se apoyó un instante contra la puerta cerrada, respirando hondo, como si necesitara anclarse al presente.
Un golpe suave interrumpió el silencio.
No necesitó preguntar quién era.
Abrió la puerta despacio.
Adrián estaba allí, sin chaqueta, con la camisa ligeramente arrugada, las manos en los bolsillos y esa expresión que Valeria conocía demasiado bien: la de alguien que había pensado demasiado antes de decidir venir.
—No vengo a quedarme —dijo él, antes de que ella pudiera decir nada—. Solo… necesitaba asegurarme de que estabas bien.
Valeria dudó un segundo. Luego abr