La ciudad estaba cubierta por una lluvia fina, persistente, de esas que no hacen ruido pero lo empapan todo.
Después de una jornada interminable de reuniones, cifras y decisiones tomadas al borde del error, el equipo se dispersó. No hubo celebración. No hubo sonrisas. Solo cansancio.
Valeria regresó a su habitación con la cabeza llena y el cuerpo agotado. Se quitó los zapatos, dejó el saco sobre la silla y se apoyó un instante contra la puerta cerrada, respirando hondo, como si necesitara a