El vestido negro se deslizaba como agua nocturna sobre la piel de Eva, ajustándose a cada curva con la precisión de una segunda piel. El corsé, adornado con hilos de plata que dibujaban símbolos antiguos —que ahora sabía no eran mera decoración—, le oprimía las costillas recordándole que respirar era un privilegio, no un derecho. Mientras observaba su reflejo en el espejo veneciano de la habitación que le habían asignado, no podía evitar pensar que parecía una muñeca de porcelana preparada para