Eva despertó sobresaltada, con la piel ardiendo como si la hubieran marcado con hierro candente. La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, dibujando patrones sobre su cuerpo que parecían danzar con los símbolos que ahora decoraban su piel. No eran tatuajes ni cicatrices, sino algo más antiguo: marcas etéreas que brillaban con un tono cobrizo bajo cierta luz, como si la sangre bajo su piel hubiera sido reescrita en un lenguaje olvidado.
Se incorporó lentamente, observando los intrincados