Las llamas devoraban la mansión con hambre insaciable. Los espejos, testigos silenciosos de siglos de dolor, reflejaban el fuego multiplicándolo en un caleidoscopio infernal. El humo se arremolinaba en espirales negras que ascendían hacia el techo agrietado, donde las vigas crujían amenazando con colapsar en cualquier momento.
En medio del caos, Eva sostenía a Lucian entre sus brazos. La sangre manaba de su costado, oscura y espesa, empapando la camisa desgarrada y las manos temblorosas de ella