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El cuerpo de Eva se desplomó como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Lucian se abalanzó para sostenerla antes de que golpeara el suelo, pero algo en ella había cambiado. Su piel, normalmente cálida, irradiaba un frío antinatural que traspasaba la tela de su ropa.

—¿Eva? —susurró Lucian, acunando su rostro entre las manos.

Los párpados de Eva temblaron y se abrieron de golpe. Pero los ojos que lo miraban no eran los suyos. El ámbar cálido había sido reemplazado por un verde os
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