El hambre llegó primero. No era un hambre común, de esas que se calman con un bocadillo o una comida abundante. Era algo más primitivo, una sensación que nacía en lo más profundo de su ser y se extendía como una enredadera venenosa por cada rincón de su cuerpo. Eva se encontró despertando a medianoche, con la garganta seca y un vacío en el estómago que parecía un abismo.
Luego vino la fuerza. Esa mañana había roto el pomo de la puerta de su habitación sin esfuerzo alguno, como si fuera de papel