La noche caía sobre la ciudad como un manto de terciopelo negro. Eva se detuvo frente al espejo del baño, con las manos aferradas al lavabo. Las venas de sus muñecas parecían más oscuras, como si la sangre que corría por ellas hubiera cambiado su composición. Levantó la mirada y observó su reflejo: sus ojos, antes de un castaño cálido, ahora tenían destellos ámbar que aparecían y desaparecían según la luz.
—¿Quién eres? —susurró a su reflejo.
Somos una, respondió una voz en su cabeza. Siempre l