La oscuridad se arremolinaba a su alrededor como un manto de terciopelo negro. Eva flotaba en un espacio sin tiempo, donde el aire olía a hierbas secas y ceniza. No era su habitación, no era ningún lugar que conociera, y sin embargo, resultaba extrañamente familiar.
"Ven a mí," susurró una voz que parecía emerger de las paredes de piedra. "Ven y recuerda."
El espacio se transformó. Ahora estaba en una pequeña cabaña iluminada por velas de cera negra. Las manos —sus manos, pero no eran suyas— se