Eva se detuvo frente al espejo del baño, con las manos aferradas al borde del lavabo. El vapor de la ducha reciente empañaba los bordes del cristal, pero no lo suficiente para ocultar lo que veía. O lo que creía ver.
Su rostro estaba allí, con las ojeras marcadas por noches de insomnio, el cabello húmedo cayendo sobre sus hombros. Pero había algo más. Algo que parpadeaba como una interferencia en una señal de televisión antigua. Un rostro superpuesto al suyo.
—No eres real —susurró, pero su voz